Profesor Gratuito para ESO y BACHILLER

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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Zarzalejo en Transición





Son un grupo de vecinos que ha tomado la decisión de actuar de manera colectiva frente a este cambio de ciclo que vivimos actualmente.
La total dependencia del petróleo y las inercias derivadas de su uso, tanto económicas como sociales, nos ha convencido de que es posible una sociedad menos consumista y con más intercambio, menos material y más personal, menos global y más local.
Con este pequeño grano de arena que aportamos, abrimos los brazos a todas las iniciativas afines deseando generar efecto contagio en nuestro entorno.

martes, 13 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Manifiesto que ha hecho el Colegio de Médicos






Esta no es una crisis cualquiera, sino una convulsión social


España, destino tercer mundo

El brusco fin de de un periodo de bienestar que creíamos eterno. Esta no es una crisis cualquiera, sino una convulsión social




Se han escrito muchos libros sobre la crisis, y se han quedado viejos antes incluso de que salieran a la venta. El doble error: aplicarse en un optimismo antropológico basado en la idea de que la historia siempre avanza y evaluar la actual catástrofe financiera y económica como si fuera una crisis cíclica más. Los hechos y el agravamiento de la situación están desmontando ambas falacias.
La confianza histórica en el progreso de la humanidad, con breves recesos, está instalada en la conciencia colectiva. Y se ha trasladado a la economía por inercia. Nada más lejos de la realidad. Como parte del llamado mundo desarrollado, los españoles hemos vivido entre 40 y 50 años de bienestar, una prosperidad inédita desde el comienzo de los tiempos. Ese periodo de riqueza ha sido la excepción, y no la regla como nos han hecho creer y hemos aceptado por comodidad.

La clase media como cimiento de esa bonanza es un invento reciente. No tiene ni un siglo de existencia. Y lo mismo puede decirse de la mayor parte de los sistemas de asistencia social —entre ellos, el nuestro— que han permitido la creación de esa especie a medio camino entre ricos y pobres en la que se basan las naciones modernas y desarrolladas. Pero, ¿en qué tablas de la ley está escrito que iba a durar siempre? La clase media está en peligro de extinción. Como a los dinosaurios, que antes que ella dominaron la Tierra, un meteorito la puede barrer de muchas partes del planeta donde se creía a salvo para siempre, como es el caso de España. Llámenle Gran Recesión, Gran Depresión o Gran Cataclismo. Lo de menos es el nombre, pero desde luego no se puede decir que sea una crisis más. Lo que estamos viviendo sólo en sus albores no tiene parangón histórico alguno. Ni siquiera la Gran Depresión de 1929 sirve de referencia. Desgraciadamente, de aquel marasmo se salió gracias a la Segunda Guerra Mundial. No parece previsible que un conflicto bélico vaya a salvarnos ahora. Así que nadie puede aventurar cómo escaparemos de ésta.
España está en el centro de esa vorágine de depresión económica sin salida que amenaza con destruir todos los lazos sociales que dan estabilidad a una nación y el futuro de varias generaciones.
Aunque el detonante ha sido el estallido de la burbuja inmobiliaria, la verdadera causa de que España haya caído en un pozo cuyo fondo no hemos tocado y, peor aún, no se perfile ninguna escapatoria, es que no producimos ya nada. En los últimos 30 años, hemos asistido a un escrupuloso proceso de desmontaje de toda nuestra industria (y de la agricultura) como paladines de la globalización. Algo que todos los países occidentales sufren, pero que ninguno ha celebrado como el nuestro. Todo lo que consumimos viene de mercados exóticos, de China, India, Bangladesh, Vietnam, Egipto…
“España está abocada
 
Hemos creado una sociedad low cost (bajo coste), de todo a un euro, productos baratos, vuelos baratos, viajes baratos. Arropados por la fortaleza de la moneda única, y cumplido el sueño de firmar una hipoteca por encima de nuestras posibilidades, los españoles nos hemos dedicado a viajar por los rincones del mundo, a comprarnos el último smartphone, a llenar las autopistas de 4x4… Ese espejismo de nuevos ricos sin ocupación alguna se ha esfumado, y ahora nos damos cuenta de que nos estamos convirtiendo en un país low cost, con sueldos low cost, sanidad y educación low cost, que camina indefectiblemente hacia la penuria. Un país de camareros, guardias de seguridad, funcionarios y albañiles en paro, cuyas generaciones futuras ya no van a viajar sino a emigrar. Y no van a vivir peor que sus padres, como ha acuñado el eslogan. Con suerte, van a sobrevivir como sus abuelos.
 
 
 
Los mercenarios del optimismo, como yo les llamo porque trabajan a sueldo de los que verdaderamente mandan y han arruinado al país, les han estado contando, y aún hoy lo siguen haciendo con total impunidad, que de ésta también saldremos. Y claro que vamos a salir, pero empobrecidos hasta unos niveles que no se recuerdan desde los años 50, con varias generaciones perdidas, trabajo escaso y mal pagado, y unos jubilados que van a ver esfumarse sus cotizaciones y sólo podrán aspirar a pensiones mínimas de caridad.
Pese a los mensajes tranquilizadores de los políticos y los medios de comunicación cómplices, el sistema financiero español está quebrado, con un nivel de endeudamiento brutal, tanto público como privado. Ni la Unión Europea, ni el Fondo Monetario internacional, ni el Banco Central Europeo, ni Alemania pueden engullir una deuda de 2,4 billones de euros para salvarnos. España como país está abocada a la suspensión de pagos, y a una quita sobre la astronómica deuda que ha colocado en los mercados internacionales en forma de letras, bonos y obligaciones y que es imposible devolver. Otros países lo hicieron antes como Tailandia, Rusia o Argentina.
El problema es que ninguno de ellos estaba sometido a una moneda común como el euro. Y es que el siguiente e ineluctable paso al default es la salida del euro y la vuelta a la moneda nacional, la peseta (o como quieran denominarla). Ese proceso puede pasar a su vez necesariamente por la palabra que más aterroriza a los ciudadanos: el corralito. Tarde o temprano, el Gobierno debería decretar una restricción de los fondos que se pueden retirar de los bancos. Inmediatamente después (o al mismo tiempo), decretaría una medida aún más desastrosa para los ahorradores: el corralón. Fijaría un cambio obligatorio entre el euro y la nueva moneda nacional con una devaluación que puede alcanzar e incluso superar el 50%. Automáticamente, los fondos depositados en las entidades financieras se convertirán en pesetas. Y de un plumazo, los depositantes perderán hasta la mitad de sus ahorros.

Ya ocurrió en Argentina en 2001 que adoptó de forma suicida el dólar como moneda nacional con la misma ligereza que nosotros nos pasamos al euro. La argentinización de España es hoy una realidad. Los jóvenes preparados tienen como única salida la emigración; el resto, es carne de cañón de las villas-miseria que se están levantando a las afueras de nuestras ciudades. Los trabajadores —los que tienen un empleo y los que lo buscan— van camino de convertirse en lumpen, sin conciencia de clase, con salarios de supervivencia, predestinados a jubilaciones con pensiones asistenciales.
España está ya inmersa en un retroceso de sus condiciones de bienestar que nos va a devolver a los estándares de los llamados países en vías de desarrollo, ese eufemismo empleado para definir a las sociedades que viven en un clima de penuria general y desigualdad, en donde sólo unos pocos se benefician de los periodos de crecimiento. No es nada nuevo. Así subsisten desde siempre millones de latinoamericanos, norteafricanos o asiáticos. Y así vivíamos los españoles en los años 40 y en los 50.
Y frente a lo que pueda pensarse, vamos a sufrir ese empobrecimiento con resignación, porque, paradójicamente, ese periodo de bienestar nos ha vacunado contra la revolución, nos ha desarmado para oponer resistencia frente a los poderes establecidos. Éste es un libro que pinta un futuro triste y no cree que haya escapatoria alguna. Por eso, no se lo recomiendo a optimistas o a votantes de partidos mayoritarios. Si acaso va dirigido a algún otro lector inquieto, harto de leer las mentiras patrocinadas que le han estado contando los diarios durante tantos años.

domingo, 11 de noviembre de 2012

OTRO CONCEPTO DE EMPRESA




La Economía del Bien Común llega a Europa para hacer negocios con ética

El modelo, diseñado por un grupo de economistas y analistas de Austria y Alemania, se basa en principios como la cooperación y el reparto justo de la riqueza



¿Se imaginan que el mundo de los negocios se midiera por magnitudes como la cooperación y el reparto justo de la riqueza, y no por la competencia y la acumulación de capitales? Suena utópico, pero en Europa ha nacido un movimiento que demuestra que es posible. Ya hay una universidad, tres bancos y 700 empresas apuntadas a la Economía del Bien Común.

Nadie querría tener por amigo a alguien que desea destruir al vecino, ni permitiría a su hijo que se mostrara insolidario con sus compañeros, ni desearía verle convertido en un avaro. Sin embargo, el actual sistema económico premia a las empresas que acaban con sus competidores, la bolsa aúpa a las compañías que mejoran sus balances cuando despiden a media plantilla y el ranking de milmillonarios es la vara de medir del éxito en los negocios. ¿Cómo es posible que los valores que gobiernan la economía sean los opuestos a los que guían las relaciones humanas? Si en nuestras vidas apreciamos la solidaridad, la cooperación y la generosidad, ¿por qué nos regimos por un sistema basado en la competencia, el ánimo de lucro y el egoísmo?




                                                                   Promotor de la Economía del Bien Común


En Austria y Alemania, un grupo de economistas, analistas y estudiosos de distinto origen lleva varios años dándole vueltas a esta pasmosa contradicción. Tratan de dilucidar en qué momento la economía se divorció de la ética y si habría alguna manera de volver a reunirlas. A finales del 2010 diseñaron un modelo que pretende hacer compatible los asuntos del bolsillo con los de la moral. Lo llaman Economía del Bien Común y sus principios, que de lejos pueden sonar a utopía de un mundo feliz, tan ideal como irrealizable, están sustentados en referencias y cálculos reales, contantes y sonantes.

El filólogo, bailarín y profesor de Economía de la Universidad de Viena Christian Felber (Salzburgo, 1972), principal impulsor de este proyecto, lleva dos años viajando por Europa sin parar de mover los brazos como si fueran las aspas de un molino. Con ellos construye imaginarios gráficos en el aire para explicar la idea nuclear sobre la que se sustenta el cambio que propone: frente al modelo actual, en el que el éxito depende de la competitividad y la acumulación de dinero, la Economía del Bien Común entiende que las mejores empresas deberían ser aquellas que cooperan más con otras entidades y las que generan más beneficios para la comunidad.

Felber parte de lo inoperantes que resultan la mayoría de las variables que evalúan hoy a la economía: "El PIB, considerado el mayor objetivo, puede aumentar en países en guerra o que no respetan los derechos humanos. Las empresas se miden por sus balances, pero estos no dicen nada sobre las condiciones laborales de sus trabajadores, ni si cuidan o arrasan el medioambiente” señala. Y añade: "La economía está basada en patrones diabólicos que permiten situaciones tan perversas como que los productos del comercio justo, elaborados con respeto a los derechos de los trabajadores y con sensibilidad ecológica, sean más caros e inaccesibles que los que contaminan y los que fabrica la mano de obra infantil".

Esta contradicción es fácil de observar, pero trasladar los valores humanos a las leyes del mercado no resulta tan intuitivo. Para lograrlo, Felber invita a sustituir los indicadores monetarios que hoy miden el éxito económico por otros de tipo social. Este nuevo modelo propone que tanto empresas como las economías nacionales sean auditadas en base a una lista de 17 variables que cuantifican aspectos como la calidad de las condiciones laborales, la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, el reparto mesurado de la riqueza en las entidades, su nivel de democracia interna, lo cooperantes que sean con otras compañías similares y el valor social que aporta la labor que realizan.

PREMIAR LA ÉTICA

"El siguiente paso sería premiar con ventajas fiscales contratos preferentes con la Administración a las empresas que obtienen una puntuación alta en los indicadores del Bien Común y facilitar que sus productos sean más demandados por los consumidores. En igualdad de condiciones, ¿quién iba a preferir unos zapatos fabricados con normas esclavistas y cuya producción solo beneficia a un fondo de inversión, frente a otros que respetan los derechos laborales y el medioambiente y, además, reparten los beneficios de manera justa entre los trabajadores?", se plantea este economista.

El plan no pasa por alto el asunto de los salarios. Actualmente, el sueldo más elevado en Austria es 800 veces mayor que el más pequeño. ¿Suena injusto? Pues puede superarse: en Alemania esa diferencia es de 5.000 veces, y en Estados Unidos el múltiplo alcanza la escandalosa diferencia de 360.000. La Economía del Bien Común propone que dentro de una empresa el mayor salario nunca debería ser más de 10 veces mayor que el más pequeño. "La cifra no me la he inventado yo, es lo que han contestado las 50.000 personas de toda Europa a quienes he hecho esta pregunta. Es decir: es el tope máximo de diferencia salarial que la gente considera justo", aclara Felber.

La propuesta es revolucionaria, pero los instigadores de este nuevo régimen económico distan mucho de parecer bolcheviques llamando a las puertas del Palacio de Invierno. Aunque supone poner patas arriba el sistema financiero actual, el modelo que proponen no contradice dogmas básicos del capitalismo como el respeto a la propiedad privada y la generación de riqueza, pero cambia el orden de los factores. "Se trata de que el dinero sea el medio para generar beneficios en la comunidad, no un fin en sí mismo, como ocurre ahora", explica Felber. ¿Y cómo se lleva a la práctica? "De abajo arriba, empezando por las bases de la economía, y no imponiéndolo, sino invitando a que cada vez más personas, empresas y entidades apliquen esta regla", responde el gurú de este nuevo canon económico.

Este movimiento empezó tímidamente, pero la difusión de sus ideas no ha parado de crecer desde que las pusieron en circulación: en toda Europa ya hay 700 empresas dispuestas a aplicar estas nuevas reglas de juego, 100 de ellas radicadas en España, y en Alemania hay tres universidades, un banco y múltiples entidades públicas y privadas que se han interesado por esta otra forma de organizar los negocios.

Persuadidos por sondeos de opinión como el de la Fundación Bertelsmann, que revela que entre el 80 y el 90% de centroeuropeos desearía disponer de un sistema económico diferente al actual, proponen que los productos que se comercializan en el mercado cuenten con una pegatina, situada junto al código de barras, que indique en qué medida ese artículo y la empresa que lo ha fabricado cumplen con los baremos del Bien Común. "Si la gente empieza a preferir los productos que puntúan alto en ese código, las empresas y los países no tardarán en preocuparse por cumplirlo", advierte Felber, quien recientemente estuvo en España presentando el libro La economía del bien común (Deusto), donde explica las claves de este nuevo canon económico.

"Esto no es una utopía, es un sistema perfectamente calculado que puede llevarse a la práctica cuando las empresas y los ciudadanos lo decidamos", señala Francisco Álvarez Molina, antiguo vicepresidente de la Bolsa de París y exdirector de la de Valencia. Este exiliado del mundo de las finanzas tradicionales y actual consultor de ética corporativa se ha convertido en uno de los embajadores de este movimiento en España y viaja por todo el país ofreciendo talleres a empresarios e instituciones que han mostrado interés por estas nuevas normas. De momento, el ayuntamiento de Muro de ¿Alcoy (Alicante), de 9.000 habitantes, ya ha anunciado que este año implantará el Balance del Bien Común. "Esto no es una aventura de cuatro ingenuos, sino algo real. Ya hay empresas organizándose mediante este sistema que, aparte de generar riqueza, es más justo y ético", señala el asesor.

José Manuel Ortiz, ingeniero técnico y propietario de la empresa de instalaciones para el hogar Install Flow, con sede en Sabadell, coincide con esa impresión. Tiene cinco empleados trabajando en Bélgica, debido a la caída de actividad que hay hoy en España, y asegura que desea aplicar en sus cuentas el Balance del Bien Común y que auditen si respeta los preceptos de este nuevo modelo económico. "Sería como cumplir con las normas ISO que hoy ya existen, pero estas orientadas hacia los aspectos éticos de los negocios, y animaría a la gente a preferir estas empresas a otras. Yo entiendo que en el mundo exista la avaricia, pero me resisto a admitir que el sistema esté organizado para premiar al avaro. Y muchos empresarios piensan como yo", dice este emprendedor de 41 años, que ya ha inscrito a su compañía entre las que dan apoyo a este movimiento.


EL DOGMA LIBERAL, POR TIERRA

También lo ha hecho Jordi Bosch, informático de 31 años, quien a través de su empresa, Digital Age Service, radicada en Terrassa, trabaja con una red de colaboradores para ofrecer servicios informáticos y aplicaciones para móviles y páginas web. Su punto de vista echa por tierra el dogma liberal que considera a la competitividad una condición indispensable para que aflore la innovación. "Es falso. Lo que mata la creatividad es el actual modelo, que entierra los talentos en sistemas empresariales injustos que fomentan que la gente se acomode y no innove", opina este empresario. Al hilo de esta reflexión, Christian Felber cita uno de sus ejemplos favoritos: "Los años en los que Steve Jobs y Bill Gates eran más innovadores no fueron cuando dirigían multinacionales, sino cuando trabajaban en los garajes de sus casas".


UNA TAREA FACTIBLE


¿Estamos ante un sueño idealista o frente a la revolución del siglo XXI? «El planteamiento de devolver la economía al redil de la ética tiene sentido. Lo que veo más complicado es cómo llevarlo a la práctica. Me chirría la idea de que el Estado premie o castigue a las empresas en función de cómo se porten», señala el periodista Antonio Baños, especializado en crítica económica. Sin embargo, para el autor de Posteconomía (Los libros del Lince), que resulte difícil implantar este modelo no significa que sea una tarea imposible. «Más utópico y artificial es, a priori, el capitalismo financiero, y es el sistema que tenemos. ¿A alguien se le ocurre algo más sofisticado que la prima de riesgo? Al menos, la solidaridad y los beneficios sociales sí son magnitudes reales», destaca este analista.

Baños encuentra una señal especialmente esperanzadora en este movimiento: pretenden empezar por las bases del sistema económico, como son las empresas, los consumidores y los ayuntamientos. "Este cambio no es para pasado mañana, hemos de ir poco a poco, y lo primero es convencer a los ciudadanos de que podemos organizar los negocios de otra manera", subraya Molina. "Al final, esto funcionará si la gente ve que es imprescindible que se aplique. Y hoy, con la crisis, son más los que piensan así", concluye Baños.

 

Privatización Sanidad en Madrid



Incredulidad e indignación es lo que siento cada vez que pienso en el país en el que estoy viviendo, ante situaciones que representan una involución de las conquistas sociales que tanto tiempo y esfuerzo han costado conseguir.
Quiero expresar mi preocupación por las políticas sanitarias que está llevando a cabo el Gobierno de la Comunidad de Madrid, entre ellas el próximo desmantelamiento y reconversión del Hospital de la Princesa y la imposición de la gestión privada en muchos hospitales.
El señor Ignacio González nos dice que se nos garantiza un catálogo de servicios a cero euros y que las prestaciones seguirán siendo iguales pero, al mismo tiempo, vemos cómo nuestra salud —un bien común— se deja en manos de empresas privadas cuando está demostrado que los hospitales privados son más caros que la medicina pública y primará el interés empresarial frente a una atención de calidad. Me temo que las prestaciones de estos hospitales serán las que sean más rentables económicamente para esos gestores y eso repercutirá en la asistencia, en la investigación sanitaria, en nuestra salud.
Nos están demostrando que no se tiene en cuenta a los pacientes y al personal sanitario. Están haciendo un uso mercantilista de nuestra sanidad. Escudándose en la crisis económica están convirtiendo a los enfermos en un número y a la salud en un negocio. Les pregunto a nuestros políticos: ¿a quién representan?— Sagrario Hidalgo Fernández.

Los jueces se movilizan contra los desahucios



Exigen la reforma de la ley hipotecaria de 1909 para paliar el "drama" de miles de familias.





Ofensiva judicial en toda regla. Los jueces españoles no están dispuestos a quedarse con los brazos cruzados ante la avalancha de desahucios. Dos miembros del Consejo General del Poder Judicial y dos jueces decanos han defendido una reforma de las leyes que regulan el desalojo obligatorio por impago de la hipoteca. Además, algunos juristas defienden la necesidad de modificar el Código de Buenas Prácticas de las entidades financieras, promovido por el Gobierno, para imponer a los bancos la concesión de una moratoria en el pago de las cuotas hipotecarias en determinados supuestos de impago.

El debate está en plena efervescencia, hasta el punto que 47 jueces decanos de toda España (representan a más de 2.000 jueces) se reúnen esta semana en Barcelona para abordar lo que ya califican de "drama humano".